viernes, 2 de marzo de 2012

El café


Había decidido encararla, después de evadirla durante varias semanas. Era cierto que trataba de asumir la posición más serena posible, sobre todo en ella; era cierto también que no sabía sí lo que sentía era ira, frustración o una mezcla de ambas; además de ello había procurado regresar a la política de ser consecuente entre lo que dice, lo que hace y lo que dice que hace. A pesar de ello no podía negarse que esa noche había llorado con la intensidad (aunque no con la frecuencia) con que lo venía haciendo hace unos meses, esta vez el tema era nuevo y era la comprobación de una hipótesis que había formulado en confidencialidad consigo misma.

Había vuelto a ser fría. Sin tartamudear y sosteniendo la mirada, usando ese tono despectivo que le permitía su sonora voz le dijo:

-Sé que pasó. Sé, además, que no fue algo que ocurriera precisamente “sin querer”, por casualidad… un “no sé cómo pasó”, no sería creíble, de hecho sabes que lo sé… tu intensión no era de disculpar, era de contar, como si de esa manera consiguieras lavarte la culpa que te tortura…de hecho, sí me lo preguntas creo que ni siquiera tienes remordimiento…Sé que lo disfrutaste ¿y quién no? 

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